El ejercicio de la virtud no necesita propaganda

 

La Llamada Orante nos sitúa en la “advertencia” de nuestras capacidades de conocer, de escuchar, de decir, de propagar…; de informar

Una severa crisis informativa rodea toda la comunicación humana. “Crisis” en cuanto a que la información se pliega y se adapta según los intereses de quien propaga tal o cual informe.

Ya se dijo –ya se dijo mundialmente- después de las Torres Gemelas, cuando el presidente Bush advirtió que “a partir de ahora, toda la información estaría revisada, regulada”, y se reservaban el derecho de informar, de acuerdo a las necesidades de Seguridad del país.

Quizás ese momento, por marcar un punto de inflexión. Porque la mentira no es de ahora...; campea por sus dominios desde que –como decía la canción de Silvio Rodríguez- desde “el primer hombre que mintió, que mintió, que mintió”.

Pero cierto es que la rentabilidad de la información sesgada, semi-verdad, probable o absolutamente falsa, es el recurso de inmediata renta; que puede durar poco, puede durar bastante o puede durar mucho. Con lo cual, la Historia –esa fingidora de realidades- se trastoca aún más.

Ya sabemos todas las trampas de información que tienen que elaborar los Estados para garantizar actuaciones, intervenciones… que oficial o legalmente no podrían hacerlo. Salvo con la justificación “de”.

¿Recuerdan ustedes –seguro que sí- cuando todos los dominadores cristianos, católicos creyentes, buena gente, afirmaron tajante y rotundamente que Irak tenía armas de destrucción masiva? ¿Recuerdan? Y con ese motivo se invadió el país iraquí, se bombardeó, se masacró… ¡años! Y sigue la dominación de otra manera, ya sin guerra oficial.

¡Cómo es posible! ¡No había una sola arma! Lo reconocen años después. ¡Y no pasa nada! No. “Nos equivocamos. Las informaciones que nos dieron fueron…”

Collin Powell, en la Naciones Unidas, proclamaba con absoluta certeza y seguridad que habían observado almacenes que guardaban armamento; habían observado, habían visto, habían comprobado que transportaban armas de destrucción masiva.

Claro, esto comprometió a todos los países creyentes –de la rama occidental, claro- a defenderse. ¿De qué?

Pero, claro, interesaba por otras razones: dominio, control, expansión, petróleo, etc. 

Y una mentira que asuste lo suficiente pues es capaz de desencadenar una guerra. De igual forma que había que buscar un hombre en un país, que era malo –el hombre-, y se invade el país: Afganistán. ¿Por qué? Porque había un hombre malo.

Como en España no hay ningún hombre malo, por eso no nos invaden. Ni en Francia, ni en Italia… Hay países en los que no hay hombres malos, entonces no hay motivos para invadirlos.

Cuarenta y cuatro países participaron en la mentira de “cazar” a Osama Bin Laden; luego, vilmente asesinado con nocturnidad, alevosía, transmisión en directo, en otro país, y sin ningún tipo de defensa.

Pero esto es la carcasa; la carcasa de detalles mundiales que, hasta los mismos ejecutores… 

¡Ah!, por cierto: por esa hazaña le dieron el Nobel de la Paz a Obama. Detalles sin importancia.

Pero cuando esa carcasa de poder, del poder, se establece como norma y... ¡y no pasa nada! –porque, claro, ellos son el poder, la ley, el orden; ¡ya es bastante admitir “equivocación”!-, eso se propaga en toda la comunidad humana. ¡Claro!

Y se hace, de la convivencia y de la comunicación, una apariencia cargada de “información” debidamente manejada o patológicamente expresada o paranoicamente motivada.

Fíjense: en otro orden de cosas, salía una noticia en la que se aseguraba que los huertos –fíjense- los huertos familiares, locales, contaminan muchísimo más con CO2 y contribuyen más al empeoramiento del cambio climático, que los grandes y kilométricos cultivos que generan las grandes potencias.

Y es una noticia que sale así… ¿verdad? 

Por cierto, recuerden que respirar también contamina.

Y se va gestando eso que hemos venido a llamar “nublo”. Un nublo general en el que la vanidad, la importancia personal, la soberbia… y un largo etcétera, van gestando historias en torno a todo... que no se corresponden con lo que acontece, ¡pero!… pero obtienen el beneficio personal del que lo promueve o de los que lo promueven, obtienen el beneficio social de lo que cambie...

La Llamada Orante empieza por la visión mundialista, pero, en lo pequeñito que somos, tenemos las huellas de esa perfidia que el ser desarrolla en base a darse cuenta de que la información es poder, la información es valor –que se valora “según”...- y la información es ganancia y logro. 

Y si bien la información es valiosa porque descubre, porque comparte, en la consciencia convivencial del humano se ha convertido en ese nublo en el que todo vale, en el que todo se dice y en el que todo se condena.

Si luego hay que rectificar, ¡bueno!, pues se rectifica. Mientras tanto, que permanezca en el corredor de la muerte o en cadena perpetua o en libertad condicional.

En la época de la información, ésta hace estragos en la Historia. Y nos presentan las verdades –sic- que más interesen, las que más daño hagan, las que más periódicos vendan, las que más intereses conlleven. Todo, menos permitir eso que tanto cacarean las democracias, que se llaman “libertades”, que se llaman “verdades”. 

La Llamada Orante nos advierte de que estamos en ese caldo. ¡No ahora! Llevamos mucho tiempo –por decir una frase sin sentido: “mucho tiempo”; ¿qué es mucho tiempo?-sometidos a esa comunicación deteriorante. 

Y si antes cultivabas en tu jardín coles de Bruselas –para ser original, porque son de Bruselas-, ahora, como eso aumenta la huella de carbono, tendrás que arrancarlas. 

Es un ejemplo. 

Y, claro, habrá personas… iba a decir “sensatas” –no creo que eso exista, o sea, sí existirá, pero poco- que dirán: “No, no, pero qué me cuentas. Yo seguiré comiendo coles de Bruselas para sentirme europeo”. Pero habrá –claro- quien lo asuma totalmente. 

Es que... –y ahí está el quid del Sentido Orante de hoy- es que hemos llegado a un punto de la comunidad humana en que la verdad es dañina, en que la verdad es peligrosa, en que la virtud es obscena, en que la libertad es condicional, siempre. 

Hemos llegado a un punto en que, por supuesto, todo lo que no esté de acuerdo con lo establecido es digno de tenerse en cuenta como ¡delictivo!

¡Aún no es un delito orar! Y se puede hablar como ahora. Aún. ¡Pero hagan una simple, simple, simple oración en un restaurant! No en voz alta, no, no, no, simplemente concéntrese un instante, y verán como todo el restaurante –bueno, algún despistado no lo hará- se fijará en ustedes. 

.- ¿Y ése qué hace?

Quedarán señalados durante la velada. Y como se les ocurra tomar vino: “¡Oh! ¡Pecador! ¡Alcohólico!”. Sí. A partir de ahí empieza la volumetría de la especulación. Y como los comensales no estaban muy contentos con sus respectivas historias, pues se crea una historia de inmediato. Con un poco de suerte, pueden terminar la cena sin que los expulsen del local. 

Seguro que algunos pensarán: “Qué exageración”. Por si se creen algo –y en este credo orante sí lo creo-, hace casi 30 años nos expulsaron de un restaurant en Suecia, en Estocolmo, por hablar un poco alto y por reírme. Conturbaba la calma de la cena de los comensales. Y después de dos llamadas de atención, nos invitaron a abandonar el local. 

Esto era en el milenio pasado, sí. Ahora es peor. Ahora seguramente te han filmado, te han fichado, te han… no sé, cualquier otro seguimiento personal. 

Y ese clima, ese clima de información, en la época en la que tenemos todas las tecnologías dispuestas, incide, sin duda, sobre nuestra comunicación, sobre nuestra sintonía a propósito de la Llamada Orante.

En consecuencia, claro, nosotros ya pasamos... Aunque de vez en cuando alguien pueda pensar que esta forma de orar no es oración. No. Esto es un speech publicitario que... 

Increíble, ¿no? 

Porque orar… porque orar es ¡lo que se sabe de toda la vida!: es pedir, es exigir, es sufrir, es llorar. No es descubrir, no es escuchar, no es clarear la mente, no es comunicarse con la supra consciencia creadora, ¡no! ¡No tiene nada que ver con eso! Eso son speeches evangélicos publicitarios. 

Y como la imagen de Dios es de ese perseguidor de pecadores, entonces hay que acudir a orar para arrepentirse, para sufrir. Y por supuesto siempre la misma oración. 

Como hemos dicho en otras ocasiones... en la Llamada Orante: no tenemos antecedentes. Nos ponen antecedentes. 

Y en base a esa creencia, en base a esa convicción del Misterio y hacia el Misterio Creador, permanecemos. 

Estamos y vamos testificando, con nuestro hacer cotidiano, otra historia; otra historia que no es la historia que nos ponen, que nos han puesto. 

Que la historia de la Llamada Orante es la historia de un amanecer: el que nace por el amor de la Creación. 

Que la historia de una Llamada Orante es la búsqueda de nuestra identidad y nuestra sintonía con el Misterio Creador. El abarcar nuestra cotidiana acción bajo el sentido virtuoso... y bajo la mirada de Universo. Y, con ello, cada día es diferente, ¡distinto! Y podemos hacer cosas parecidas, pero no iguales. 

La Llamada Orante nos cuida. Nos advierte de que no somos culpables. Nos recuerda que tenemos un instinto de santidad. Nos anima a la valentía de la sinceridad en el momento adecuado. Nos promueve en el servicio, sin satisfacer egoísmos. Nos provoca para que veamos la virtud en el otro. En definitiva, para que le veamos a “Ello” –Misterio Creador- en cada esquina y en cada rincón. 

Y, para ello, la Llamada Orante nos sitúa en este mundo mundial, en el que cualquier cosa que pase en cualquier recóndito lugar, podemos tener consciencia de ello, ¡ya!

Ya han ejecutado a un preso asfixiándolo con nitrógeno, en Estados Unidos. Porque hace dos años lo condenaron a muerte, y estuvieron cuatro horas buscándole las venas y no se las encontraron, en cuyo caso pues lo dejaron, ¿verdad? Y ha estado dos años más en el corredor de la muerte, y ahora se han inventado un método más eficaz: una máscara que además de oxígeno tiene nitrógeno, y poco a poco se quita el oxígeno y sólo se deja el nitrógeno.

Funcionó. Cómo no iba a funcionar: cuando se asfixia a alguien, se asfixia. 

Se ha cumplido con la ley. Ya tenemos un nuevo método. Dicen que tampoco se sufre tanto; que, quizás, 7-8 minutos así, de que… pero no se sabe seguro. 

Así que lo que sí nos ha mostrado nuestra humanidad –y esto es muy significativo en nuestra Llamada Orante de hoy- es que, igual que se propaga todo tipo de información intencionada con el beneficio, la renta, la destrucción, el control, el dominio, según intereses de países, sociedades, personas, etcétera… 

Que parece que, bajo ese punto de vista, estamos en el reino del mal. 

.- ¿En el reino del mal? 

.- Sí. Pareciera. 

Pero digamos que la buena noticia, la buena noticia es que también –también- las bondades, las virtudes, las intenciones, las proyecciones de ayudas, de auxilios, de amparo, de consuelo, ¡también viajan!, ¡¡también van!!, ¡¡también existen!! 

¡Ay, si no existieran!

Pero, claro, no hacen propaganda, no; no salen en la prensa, no; no salen en X”; no salen en... todos los medios que nos aterrorizan. No. Ahí no salen. 

Pero como dijimos en otro momento orante: “Una gota de virtud disuelve un océano de maldad”

No es un consuelo, no. Es más evidente de lo que parece. 

Porque quizás –dejémoslo en “quizás”- la Llamada Orante nos advierte de que, en ese caos traumático de informaciones tendenciosas, pretenciosas, maniqueas, dominantes, etcétera –todos los adjetivos que quieran- está... –por estados, por gobiernos, por sociedades, por comunidades, por grupos, por personas-, al lado de todo eso que vocifera, está el silencio. Está el silencio de la virtudEstá el silencio de la realización de idealesEstá el silencio del servicio no propagado, no propagandeado

También está. 

Y no… y no en combate con lo obsceno y lo vulgar. No. Eso es lo que se busca en el tono general de la vulgaridad, ¡pero no! 

La Llamada Orante nos advierte de que el ejercicio de la virtud, el testimonio de lo que se piensa, se siente y se vive, no necesita propaganda y no precisa combate. No.

Y como decía también la canción, a propósito de la virtud: “que es como la primavera; no precisa jardín”.

Y, claro, para las mentes ordenadas y rectas, no se puede dejar que crezcan las… ¡No! ¡Hay que controlarlo!, ¡hay que dominarlo!, para que esté a nuestro gusto

Sí. Tenemos que tener presente, permanentemente, la consciencia de dónde estamos. 

La consciencia de ese entorno. 

No para defendernos, pero sí para advertirnos. 

Sí, para no caer en el contraataque. 

Sí, para no desviarse de la virtud, con sus caídas, sus levantadas, sus errores, pero… seguir. 

La Especie Vida, la materia viviente, y todo lo que ello implica y significa –desconocido, por supuesto, pero que en apariencia “conocemos”- es producto de una Bondad, de una Compasión, de una Misericordia infinita. Y por mucho que se la intente manejar, manipular, controlar, está fuera del alcance de esos ataques. 

Pero efectivamente –cierto- que, cuando uno ejercita la Compasión, la Bondad, la Virtud, en este plano, y la respuesta es violenta, inquisitorial, más que crítica, “ácida”, es fácil que nos desanimen, nos quiten la tendencia que nos ha abierto el Misterio Creador en nuestro proceso, y cunda el desánimo, la duda. ¡Sí!... 

¡Y la huida!, claro.

Pero como dice esa sentencia, que en este caso nos resulta ilustrativa: “Muchos son los llamados, y pocos los elegidos”. Sin ánimo de que los elegidos son unos virtuosos maravillosos, no, no, sino que, en el misterio de la vida, ésta se vale de unas artimañas que están por encima de nuestra comprensión. 

Y podemos tender a caer y señalar lo malo y lo malo y lo malo; y lo bueno, pues... 

Y en vez de ejercitarnos en lo bueno, en lo bueno, en lo bueno –que es lo que indica la Llamada Orante-, gran parte del momento se emplea en la defensa, en la contraofensiva. 

¡No! No. Es la perseverancia en la creencia, es la perseverancia en lo que se siente como idealismo fantástico, y que se ejercita en la medida en que hablamos, andamos, nos vestimos, nos limpiamos… 

En cada detalle está incluida la práctica de la virtud. 

Pero no tiene ningún apartado de ataque. 

Su defensa es el testimonio; sin que se considere defensa. 

 

La Piedad es la verdadera protagonista de la materia viviente. 

La Piedad es la verdadera referencia de la Especie Vida. 

La Piedad es la que nos reconforta ante la injuria, la avaricia, la vanidad.

Esa Piedad que se siente cuando, en consciencia, descubrimos nuestra ignorancia y nuestra inocencia.

Ámen.

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