Nos llaman a orar, como impulso para descubrirnos... especialmente en nuestras relaciones con todo lo viviente. 

Nos llaman a orar para que no seamos impedimento, no seamos contrincantes...; no seamos unos partidistas que inevitablemente confluimos en el daño. 

La Oración se hace así una vía, una potencia de evolución, de sanación; puesto que, en la medida en que el ser recupera la bondad que le promocionó para estar en este plano de consciencia, en esa medida, su convivencia, sus relaciones, estarán regidas por el respeto, la admiración, el cuidado, la dedicación. 

No queda –en consecuencia- la Llamada Orante, como algo de otro plano de... un momento de retiro y de consideración, sino que nos viene a decir intencionadamente, con la inspiración correspondiente, las atenciones que debemos prestar y prestarnos sin esperar devoluciones, para así estar en la sintonía de la calma, en la referencia de lo extraordinario, ¡de lo excepcional!... que es lo que representa cada ser. 

El acontecer de recalar en este momento de la Creación... ya es un signo de extraordinario, excepcional y singular acontecer. 

En consecuencia, el ser debe empezar por respetarse

Sí. Se habla habitualmente del respeto hacia otros, pero el ser se falta al respeto cuando envidia, cuando cela, cuando persigue, cuando castiga, cuando promulga convivencias conflictivas, cuando no es un servidor eficiente, cuando deja de ser una bondad auxiliadora, cuando no se presta a darse y cuando trata de sacar rédito y beneficio; o cuando se apodera de algo, cuando se propietariza de afectos, de economías, de religiones, de dogmas... 

En todos esos aconteceres, y muchos más, el ser habitualmente se falta al respeto a sí mismo. Porque no ha contemplado la excepcionalidad, la singularidad y lo extraordinario de su presencia: que es un equivalente, un emisario, un representante, un enviado para cumplir con unos haceres para los que viene con el diseño adecuado. 

Y que le van a promocionar, a evolucionar y a... ser cada vez más extraordinario, más excepcional, más singular. Y no como habitualmente ocurre, que el ser se vuelve más vulgar, más común, más parecido. 

Todo amor debe ser respetado, admirado, contemplado.

Y, en consecuencia, si somos facilitadores de amor –que fue por lo que llegamos-, estaremos en condiciones de respetarnos y respetar...; de facilitar la conjunción, la concordia. 

¡Que no se queden esas palabras en el vacío especulativo!, sino que cada vez que aparezca la rabia, la envidia, la prejuiciosa actitud –porque no se hace el mundo para mí, sino que yo me tengo que hacer al mundo-... es menester el recogerse en la intimidad del auto-respeto. Porque en esa medida vamos a corresponder.

Alegrarnos de los amores ajenos, de los planes ajenos. Que resulta que ¡no somos ajenos! Que se establece el criterio de “ajenos” como egoísmo y egolatrismo personal. Somos entidades –por pertenecer a la Especie Vida- solidarias, sociales, convivenciales, porosas. Es que, si no es así, si no fuera así, no se daría la vida como expresión admirable de tránsito, de sorpresas, de innovaciones, de ¡complacencias!

Y se actúa habitualmente con el criterio de “problema”, con el criterio de “aversión”, con el criterio de “dogmatismo”; con esas premisas de ¡prejuicios! 

Dejamos de ser viento que navega, que busca, que toca, que sigue... Dejamos de ser lluvia que alimenta... Dejamos de ser ¡luz que ilumina!, y que promociona nuestros sentidos. ¡Traicionamos a nuestros sentires!... con nuestros juicios visuales, auditivos, de sabor, de perfume, de ternura... 

Se establecen cuidos egoístas, y se olvidan los cuidos llamados “ajenos”. 

El ser no reconoce al otro como también un enviado, un representante, un equivalente, un... ¡un necesario para sí mismo! 

Necesitados somos los unos con los otros, para poder descubrir, aprender, seguir, permanecer... Si no, caemos en la guerra, en esa que está hambrienta de amor, en esa que está hambrienta de pan, en esa que está hambrienta de prejuicios, en esa que está hambrienta de condenas. 

Al respetarnos y al reconocernos como necesitados... Aunque en apariencia –en apariencia- no nos guste, no nos parezca bien, y sigamos diciendo: “Hace mal tiempo, hace buen tiempo, esto me gusta, esto no me gusta”... 

Y el ser se atrinchera en su posición; en definitiva, pidiendo... pidiendo esclavitud al entorno, pidiendo aplausos a sus posiciones. Y el ser busca hacerse fuerte y sentirse ¡imprescindible!, y despachar a lo demás como... inútiles. 

Sí. La Oración, la Llamada Orante, nos auxilia con palabras que transforman, con palabras que ¡sanan!, y que nos colocan en la posición... que no da por hecho que éste, aquél o el otro es así o asao, sino que espera... –en la medida en que se da- espera descubrir por qué… por qué me encuentro con esta situación, con esta otra, con esta persona, con esta circunstancia, con esta…

¿Acaso me he gestado a mí mismo...? 

¿Acaso todavía no me he dado cuenta de que el desarrollo de la vida, y su presencia, no es por mi participación o mis acciones? ¿Acaso no me he dado cuenta, aún, de que las personas, situaciones, acontecimientos, sucesos que tengo que vivir, acaso no me he dado cuenta todavía de que están ahí para mi desarrollo, para mi aprendizaje, para mi cuido? 

¿Acaso creo que es castigo, mala suerte...? ¿Sí...? 

No querer darse cuenta. No querer seguir la pista de los aconteceres que se suceden para nuestra evolución, nuestra claridad. Para que en verdad seamos bondad de amor permanente, y no circunstancial u ocasional, dependiendo de los gustos aprendidos, de las culturas impuestas, de las costumbres dogmáticas. 

¡No somos consciencias esclavas!... de lenguas, costumbres, mitos... ¡No! Somos consciencias vaporosas, creativas, generosas, compartidas. 

¡Por favor! ¡Somos aliento –como viento- que respira! Y si no se respira, se asfixia, se angustia. 

¡Con ansiedad!, transita; ¡con miedo!, con tristeza, con la falta del [1]“entusiasmós” que supone la consciencia de vivir. De vivir. 

Sí. Es un ‘al-ivio’ –un ‘al-ivio’- el sabernos de esa naturaleza... y tener esa referencia de universo y universal, de nuestro ser. Porque así no nos perdemos, no nos perderemos en dogmatismos, en manipulaciones y en controles de unos sobre otros. Y dejaremos de ser jueces que condenan, que castigan con pensamientos, con palabras, con obras, con omisión –como se suele decir- cuando des-transitamos en las vías liberadoras: en esas vías que no empiezan la jornada con “el problema”, “los problemas”, sino que empiezan las jornadas con el entusiasmo, con la excepción, con lo extraordinario, con lo novedoso, con lo afectuoso, con lo amoroso, con lo enamorado, con lo fantástico. 

Veo, olfateo, saboreo... ¡toco la vida!...

No podemos dejar de asombrarnos de nuestra naturaleza y, en consecuencia, de la naturaleza de los demás. 

Dejemos de clasificar la vida, que “es así”, que las costumbres “son así”, que las leyes “son así”... 

La Especie Vida no tiene –no tieneno tiene-... normas, leyes... No. La Especie Vida es liberada de los atascos, de las propuestas egoístas de cada uno. 

La Especie de Vida –a la que pertenecemos- no se ha puesto ahí en el Universo para ser un problema y para ser un conflicto de miradas, de gestos, de actitudes, de palabras, de pistolas, de bombas o de cualquier otra barbarie. 

Y es así que, si recogemos la oración como el remedio de referencia que nos potencia nuestra naturaleza, entraremos en una evolución sanante, sanadora. 

Abandonaremos las actitudes castigadoras, prejuiciosas: dejar de ser el martillo hiriente que, por cualquier situación no adecuada para la egolatría personal, salta y... ¡protesta, se queja, grita!

Un poco, ¡un poco!, ¡empezar por un poco de caridad hacia sí mismo! Eso se convierte en calidad, en nuestras prestaciones. 

Concédase, orante, concédase un segundo de caridad. 

Por el hecho de... amar. Un segundo. 

Sabiendo que hay infinitos segundos... 

Pues en alguno de ellos, por su caridad, aprecie a aquél, respete al otro, cuide del proyecto de aquéllos... 

Sea valiente, y no se esconda. Sea evidente, sin proclamas. 

Y es así que el Misterio Creador nos instaura... –y hay que darse cuenta de ello- nos instaura en su propia naturaleza: Misterio. Y nosotros tratamos de racionalizar y de especular y de saber cuáles son los planes divinos. 

Y así no asumimos el misterio de nuestra propia configuración, sino que buscamos definirnos, con lo cual nos hacemos racistas inmediatos. 

Todos recuerdan –seguro- la figura del mendigo... que pide, que invoca: “Una moneda, por el amor de Dios”

En ese sentido, todos somos ¡mendigos! Y pedimos a unos y a otros, por el amor que el Eterno, que el Misterio Creador nos da, que seamos capaces de compartir, de entendernos, de conciliarnos. 

“¡Una limosna?”. Cualquiera podría decir: “¿Nos vamos a convertir en pedigüeños de limosnas?”.

¿A ese punto ha llegado el radicalismo emocional y afectivo?: ¿que tenemos que pedir limosna para poder ejercitarnos como entes de amor? 

Y así hemos sido creados. Y así podemos transitar. Pero ¡tanto se ha deteriorado!... que, sí, mendigos debemos ser. 

Y limosnas. Limosnas de concordia, limosnas de convivencias, limosnas de sonrisas, limosnas de compartir, limosnas de convivir, limosnas de confluir, limosnas de asombro. 

Sí, de ese asombro que nos hace ver, cada día, circunstancias, hechos y aconteceres que no sabíamos. 

¡Por caridad! Una limosna, ¡por amor de Dios!

Un respeto propio, para un respeto continuo del entorno.

Un mantener... un mantener el amar, sin el interés de tener, de tenerlo, de poseerlo, de manejarlo, de controlarlo. 

Dejar que la vanidad se haga sedimento, y el agua quede clara.

Que cada día sea el momento de despojarse de los residuos que se adhieren, de las actitudes que nos sujetan.

Que cada día sea el nuevo universo que se ofrece. 

Interesante detalle, ¿verdad? Que nos parece normal que no nos haya dinamitado un meteorito o cualquier otra “barbarie” –“barbarie” entre comillas-.

Misteriosa, sí, misteriosa... Presencia Creadora... que nos contempla en nuestro desvarío. Y pareciera que no importara. Pareciera que hasta tenemos libre albedrío. Pareciera. 

Sin duda, es la estrategia de lo Eterno para que inevitablemente nos encontremos con Él... ¡de bruces!

Dejémonos sorprender, sin disparar antes de escuchar. Dejémonos sorprender del transcurso, y dejemos de aplicar criterios vulgares; de esos que se dan por zanjados, de esos que dicen: “Esto es así y así y así”.

Dejemos que las evidencias del Misterio que nos lleva, nos muestren la calidad de vivir, la caridad por dar, la limosna que recibir y que dar. 

No abandonar la excepcionalidad del instante, lo extraordinario del acontecer, lo insólito, lo singular.

Sí, vida de mendigo errante que, “por amor de”... nos hace abrirnos en nuestras conciencias hacia los vínculos liberadores: aquellos que sirven, que se apoyan unos a otros, que se sienten unidad de Misterio. 

Y al sentirnos unidad de Misterio, nos expresamos en él Ámen, Amén, Amen....

Unidad de Misterio: Ámen, Amén, Amen.

 

[1] En griego: “arrobamiento o éxtasis inspirado por la divinidad”.

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